26 · julio · 2019

El miedo, la emoción que se convierte en un sentimiento

Los seres humanos se encuentran en la eterna búsqueda por entender cómo funciona la mente, queriendo entender además, el más grande misterio, las emociones. El término emoción se refiere a un movimiento o impulso, “aquello que te mueve hacia”, es sentir la motivación de hacer algo, cambiar rutinas, empezar de nuevo.

La fisiopatología del miedo, es la disciplina que estudia dicha emoción, no como un sistema de adaptación y protección de nosotros mismos sino como una enfermedad que genera cambios negativos para nuestra salud a largo, mediano y corto plazo; es entender cómo el miedo no sólo daña nuestra mente sino también nuestro cuerpo.

“Las emociones son reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos transmitidos por un objeto, personas, lugares, sucesos o recuerdos y cómo se relacionan estas con la realidad o la imaginación; expresándose físicamente mediante alguna función fisiológica que incluye reacciones de conducta”, afirma el Dr. Andrés Villarreal, especialista en neurocirugía del Centro Médico Imbanaco.

La neurociencia de las emociones, es un campo nuevo de la medicina que investiga científicamente las bases neuronales de estas en nuestro cerebro, por medio de modelos neurobiológicos, psicológicos y socio-culturales.

Al tener presente que las emociones tienen diferentes patrones, estos se encuentran en nuestro sistema nervioso autónomo el cual conscientemente no se puede controlar. Se reconocen patrones para seis emociones básicas, como lo son la sorpresa, el asco, la tristeza, la ira, el miedo y la alegría.

Para conocer el origen del miedo, y por qué se hace presente en nuestra vida, se debe tener claridad que el miedo es una emoción la cual se ve transformada en el momento en el que racionalizamos, ahí se convierte en un sentimiento.

Llamamos miedo a un sistema de alarma de nuestro cerebro que se activa cuando detecta una posible amenaza real o supuesta, presente, futura o incluso del pasado. Se trata de una respuesta útil y adaptativa que conlleva cambios en el funcionamiento de nuestros comportamientos, pensamientos y cuerpo.

El miedo es un esquema cerebral de adaptación al entorno y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, el cual le permite a la persona responder ante situaciones adversas con rapidez. En ese sentido, es normal y beneficioso para todos los seres vivos tener miedo.

 

 

¿Porqué sentimos miedo?

El estudio de las bases neurobiológicas del miedo se ha centrado en una región concreta del cerebro llamada la amígdala; la cual es una pequeña estructura alojada en el seno del sistema límbico, es decir, nuestro cerebro emocional. Aclara el Dr. Andrés Villarreal, que esta área desempeña un papel clave en la búsqueda y detección de señales de peligro. Se podría decir que trabaja de forma análoga a un detector de humo: permanece inactiva hasta que el más mínimo estímulo amenazante la pone en marcha. Si no tuviéramos amígdala, probablemente no sentiriamos miedo.

Este mecanismo que desata el miedo se encuentra, tanto en personas como en animales, concretamente en la región más primitiva que se encarga de regular acciones esenciales para la supervivencia como comer y respirar, a su vez, en el sistema límbico que es el encargado de regular las emociones, la lucha, la huida, la evitación del dolor y en general todas las funciones que aseguren la conservación y seguridad del ser.

Este sistema revisa de manera constante, incluso durante el sueño toda la información que se recibe a través de los sentidos, lo hace mediante la estructura llamada amígdala cerebral, que controla las emociones básicas, como el miedo encargándose de localizar la fuente del peligro.

Afirma el especialista del Centro Médico Imbanaco que cuando la amígdala se activa al detectar un posible peligro se desencadena la sensación de miedo, y su respuesta puede ser la huida, el enfrentamiento o la paralización. El miedo produce cambios inmediatos en nuestro cuerpo como por ejemplo: se incrementa el consumo de energía celular, aumenta la presión arterial, los niveles de azúcar en la sangre y la actividad de alerta cerebral.

A su vez, se disminuyen o se detienen las funciones no esenciales, se incrementa la frecuencia cardiaca y la sangre fluye a los músculos mayores especialmente a las extremidades inferiores en preparación para la huida; se inicia una cascada hormonal desde el hipotálamo a la hipófisis y las glándulas suprarrenales, incrementando los niveles de adrenalina y cortisol. Estos cambios en el organismo vienen acompañados de modificaciones faciales como: apertura de los ojos para mejorar la visión, dilatación de las pupilas para facilitar la admisión de luz, la frente se arruga y los labios se estiran horizontalmente, explica el especialista.

 

 

¿Los miedos son hereditarios?

Los miedos no se pueden heredar, todos nacemos con algo denominado “patrones fijos de acción” conocidos como los circuitos neuronales para tener miedo ante alguna circunstancia que ponga en peligro nuestra vida.

Al padre presentar miedo a un objeto o circunstancia en particular, no será heredada a sus hijos; pero si al nacer cualquier ser humano es expuesto de forma repetitiva y orientado por sus padres, su comunidad o su cultura transmitiendo temor, esta persona aprenderá y adoptará ese mismo miedo. Por lo que afirma el Dr. Andrés Villarreal, que los miedos no se pueden heredar pero sí se pueden enseñar.

Desde los primeros meses, los bebés tiene la capacidad de reconocer emociones positivas y negativas. Es preciso considerar que la experimentación de las emociones es previa a la capacidad de expresarlas. Nuestro cerebro nace con circuitos neuronales para algunas funciones ya destinadas, entre estas el reconocimiento del peligro y por lo tanto, el circuito para tener y sentir el miedo.

Aproximadamente a los cuatro años de edad, los niños pueden reconocer las emociones básicas y las entienden como sentimiento, reconociendo las respuestas que pueden generar en ellos mismos y en las demás personas.

En la adolescencia se enfatiza la parte social en el reconocimiento de emociones, adicional a esto, en esta etapa de la vida, se va desarrollando la autovaloración a partir de la interacción con los demás. Adicionalmente, ya se considera que todas las emociones son aceptables; las diferentes respuestas o reacciones que provocan las emociones pueden ser buenas o malas.

Es importante aclarar que en esta etapa, se reconocen las emociones propias y las de otras personas, así como las reglas de expresión, sin embargo, se experimentan problemas en el manejo de las emociones. Este problema está relacionado con los cambios hormonales y físicos donde los niños cambian a tener características de hombre y mujer desarrollados semejantes a un adulto.

En la edad adulta, se espera que una persona tenga la capacidad de identificar y reconocer las emociones propias, entre ellas el miedo, así como ejercer control sobre estas, desarrollando lo que se denomina la inteligencia emocional.

Es importante entonces entender que al paso de la edad, se generan diversos cambios de las emociones, y estos impactan sobre la concepción de sí mismo y el entorno. En ese sentido, durante el desarrollo emocional, la cultura y la sociedad tienen gran influencia en las emociones, ya que regulan su expresión en especial las emociones que generan miedo, afirma el especialista.

Cabe aclarar que existe la posibilidad de modificar y dar por terminado con los miedos que hemos ido creando a lo largo de la vida; se ha demostrado que a través de la psicoterapia se puede promover la comunicación de la amígdala cerebral y cíngulo anterior, por lo que las personas afectadas podrían aprender a actuar con menos miedos y a tener mayor seguridad en sí mismas.

Finalmente, todos tenemos, tuvimos o tendremos miedo a algo; como mencionamos anteriormente, se generan una serie de respuestas ante un estímulo de peligro el cual puede estar presente en el ahora o a futuro; es algo natural y debemos reconocerlo como un sistema de protección. El problema es cuando se genera miedo y su respuesta no es la adecuada o genera cambios conductuales y/o limita nuestras actividades diarias, en este caso podríamos decir que no se está presentando un caso de protección sino una evidente limitación ante algunos estímulos, y para estos episodios sí se debe tratar de controlar y reconocer con ayuda de un profesional el por que de esta respuesta anormal, afirma el Dr. Andrés Villarreal, especialista en neurocirugía del Centro Médico Imbanaco.

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